Aylán, un rayo de luz

Aylán, un rayo de luz

La historia de Aylán, un rayo de luz, está cargada de imágenes que quedan grabadas en la memoria del ser humano y que llegan a traspasar generaciones. El sentido visual, junto con el sentido del olfato, son de los cinco sentidos, los más poderosos a la hora de promover el recuerdo, como atestiguan los estudios de Martin Lindstrom, una referencia en la neurociencia aplicada (su obra Buyology resulta de obligada lectura para todo aquel interesado en las emociones).

Periodistas y opinión pública han expresado estos días diversos puntos de vista acerca de la foto de el pequeño niño sirio cuyo futuro quedó varado en la arena, ha dado la vuelta al mundo en muy poco tiempo por su impacto en redes sociales como Facebook y Twitter, pero sobre todo por su impacto en nuestra conciencia. 

Hay quien opina que ahora todos demuestran su humanidad compartiendo este material, cuando todos los días mueren miles de niños en guerras como la de Irak, Siria o Sudán y nadie se acuerda de ello; hay quien lamenta el morbo de estas fotografías aprovechando el fenómeno de la crisis migratoria de los refugiados, mayoritariamente sirios, a los que se les está negando asilo en algunos países, principalmente Hungría. Pero…

¿Era necesario publicar la foto de Aylán?

Aylán en las portadas de todo el mundo

Más allá de si era o no necesario, lo cierto es que la fotografiada muerte de Aylán ha servido para abrir la conciencia de miles de personas que incluso han cedido una habitación de su hogar para acoger a un refugiado. Aylán, que significa luz, ha iluminado un conflicto escondido en la sombra. Pero…

¿Por qué la foto de Aylán ha sido capaz de remover el inconsciente colectivo?

Todos nos hemos visto en Aylán, hemos visto a nuestro hijo, a nuestro sobrino, a nuestro nieto. Por eso nos hemos movilizado. Por nuestro “yo”, porque el ser humano es fundamentalmente un ser emocional. Porque rápidamente hemos identificado una incertidumbre: ¿Y si me pasara a mí? ¿Y si fuera mi hijo? Por ello, esa foto ha calado en la memoria de todos y muy difícilmente será olvidada. Esa es la contradicción: el egoísmo de nuestro cerebro más primitivo, subconsciente, ha activado una de las olas de solidaridad más importantes que hemos vivido en la historia reciente.

Cuando cada uno de nosotros vio la foto por primera vez, sintió en primer lugar una combinación de tristeza y rabia (ira, enfado); posteriormente se fue forjando en nosotros un sentimiento que activó nuestro instinto de solidaridad, protección y cobijo.

Es triste que el ser humano necesite estar expuesto a este tipo de imágenes para reaccionar, pero así funciona nuestro cerebro, somos seres irracionales que reaccionamos sobretodo a estímulos visuales impactantes, que rompen las barreras de nuestro bloqueo perceptual. Esto nos permite abrir los ojos y ver la realidad tal como es, sin prejuicios ni valores preconcebidos. Como demostró el psicólogo Drew Westen, sólo cuando los mecanismos de alerta emocional se activan, las personas cambian de comportamiento. Hechos como éstos son capaces de movilizar a personas que piensan muy diferente y aun así se sienten unidas por una misma causa.

Esta imagen se almacenará en nuestra memoria, quedará para la Historia con mayúscula, junto a otras como la de aquella niña, Kim Phuc, quemada por el napalm, corriendo por una carretera, en la Guerra de Vietnam o la de los rostros de la postguerra española que todos hemos recordado de nuevo estos días.

Foto histórica de la niña, Kim Phuc, quemada por el napalm, corriendo por una carretera, en la Guerra de Vietnam

Por la misma causa que estas imágenes calan en nuestra memoria, nuestra mente está programada para recordar de manera más profusa las experiencias positivas. El experto Timothy Ritchie, de la Universidad de Limerick, en Irlanda, constató que esto es un fenómeno universal, que afecta a toda la especie humana. Es importante que la historia se escriba y se estudie, a ser posible con archivos audiovisuales, con la esperanza de que hechos como éste arrojen un rayo de luz a las generaciones venideras.

Bárbara Aucejo Devís

Directora de Investigación en Emotion Research LAB